El docente que dejó toda una vida en la Escuela Agropecuaria

Héctor Podlesch está por jubilarse. Vivió todo el proceso desde la ex Emeta hasta el actual CET 17.

Héctor nació en Roca, pero vivió en Cervantes hasta los 19 años. Su padre, Eduardo Podlesch, tenía bodega junto con su abuelo Ricardo.

“Mi abuelo era alemán y vino a la Argentina a los 13 años. Se dedicó a llevar ganado de Mendoza a Chile. El y mi tío comenzaron a traer plantas y así comenzó el proyecto de los viñedos creando su propia bodega, entre Cervantes y Mainqué en 1935.

Esos conocimientos básicos, el trabajo en la chacra fueron marcando el destino de Héctor, quien fue pupilo en el colegio Domingo Savio, donde recibió conocimientos técnicos de parte de los curas, recibiéndose como Técnico Agrónomo en 1975, a los 18 años.

Se salvó de hacer el Servicio Militar e intentó estudiar contaduría, pero sus primeros trabajos en Educación se lo impidieron. “Mis primeras clases fueron en el mismo Colegio San Miguel donde daba cursos de capacitación en técnicas agrícolas. El problema fue que en el colegio se tomó la decisión de ir cerrando los primeros años a medida que iban egresando. En 1981 fue la última promoción”, recuerda.

En la década del 80 el gobierno provincial obtuvo fondos del BID para la construcción del edificio de educación no formal, en Roca como en otras cuatro localidades de la provincia.

“En ese entonces hacíamos capacitación en practicas culturales. Esto permitía que cualquier joven de la zona rural pudiera capacitarse y estar calificado para trabajos más complejos que el solo limpiar acequias”, destaca Héctor.

“Recuerdo que recorríamos las escuelas rurales y las casas buscando alumnos egresados de la primaria que quisieran estudiar en la Emeta. Iban dos veces por semana y al final tomábamos exámenes con técnicos del INTA”, dice. Esta experiencia duró entre 7 y 10 años. “Cuando el BID dejó de enviar dinero, la provincia se hizo cargo, pero al poco tiempo nos sacó el transporte y ese fue el final”, recuerda.

He pasado más tiempo en la chacra que en mi propia casa, dando clases, incluso a alumnos más grandes que yo”

Héctor, conocido como el “Polaco”, cuenta que luego llegaron los presos de mejor comportamiento ocupando el ala más vieja del edificio, mientras que en otra seguían yendo los interesados en aprender tareas culturales.

Los alumnos cosechan uvas en la Escuela Agropecuaria

“Nosotros enseñábamos a nuestros alumnos y por otro a los presos. El problema fue que los maridos de las mujeres que iban a los cursos, no les gustó mucho que hubiera presos tan cerca y no las dejaron ir más. Eso más los problemas generados por otros detenidos más violentos que llegaron, más los robos de maquinarias, etcétera, hizo que en el 2002 nos fuéramos todos. El lugar se había tornado peligroso”, asegura.

En el 2005 el profesor vuelve a la institución luego que el gobierno provincial construyera la tan esperada Escuela Agropecuaria, algo que ocurrió el 8 de agosto del 2005. Podlesch fue docente de maquinaria agrícola en el sector formal de la Escuela y animador rural en el área no formal. En esta última se realizan capacitaciones para empleados de empresas, productores independientes y donde se suman alumnos de quinto y sexto año del colegio.

En estos días Podlesch está de licencia a la espera de que llegue su jubilación. Durante 41 años estuvo frente a cursos de alumnos adolescentes y adultos, tal es así que tiene alumnos que son mayores que él. Se inició el 1 de septiembre de 1977 y en pocos días dejará el colegio, al que tanto de sus conocimiento y vida entregó. “He estado más en esta chacra de Emeta que en mi propia casa”, afirma Héctor, que podrá destinar ahora más tiempo a su familia y al fútbol, una de sus pasiones.

Un “cachetazo” por no hacer silencio

Una de las anécdotas que Héctor cuenta es la del día que no hizo silencio, siendo pupilo en el colegio San Miguel.

“Nosotros éramos 150 alumnos y después de formar teníamos que marchar a las aulas en estricto silencio. Yo no hice mucho caso de la norma y entre al pasillo hablando. Uno de los curas me vio y me llamó aparte y me recordó que no se podía hablar y como correctivo me pegó un cachetazo. Cuando fui a mi casa le conté a mi mamá. Le dije que el cura me había pegado. Ella me preguntó ¿qué hiciste? Le explique que había hablado cuando no se podía. Ella me respondió como si nada. “Y bueno, está bien”, recuerda riendo, para luego agregar que en el colegio de curas se era muy estricto, como en el Ejército.

“En una ocasión dejaron a todos los chicos parados al pie de la cama, durante toda la noche, por haber generado una batalla campal.

  • 41 años de docencia. Se recibió como Técnico Agrónomo en el Colegio San Miguel donde también dio clases.

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