Cuando el amor es más fuerte que la ley

No hubo una llamada que diera la noticia, que estrujara el corazón de temor y felicidad. No hubo planes, tampoco una espera en una lista interminable. Nunca imaginaron que su amistad, que luego mutó en un amor de hermanos, iba a terminar en un lazo de padre e hijo. Hubo amor. Lo demás llegó solo.

En una casa en un plan de viviendas al oeste de Roca transcurre su día a día. Son una familia como otras, un matrimonio con tres hijos, dos perros y con un prolijo césped que embellece el frente. Pero tienen una particularidad que los hace únicos en el país: la joven pareja adoptó a Andrés, seis años mayor que su mamá del corazón y apenas dos años menor que su papá adoptivo.

Ariel Antinari (43) dice que conoce a Andrés (41) “de toda la vida”. Creció en el barrio de las 250 viviendas y su casa era vecina de un hogar, de los que hoy se conocen como Centros de Atención Integral de la Niñez y la Adolescencia (Caina).

Es muy cariñoso con sus hermanas Katrina y Ema.

Hace no menos de 25 años que comenzó la relación entre ellos. Andrés tiene síndrome de Down y eso nunca importó. Se acuerda de los paseos en que terminaban con sorpresas cuando iban a buscar a su novia, Maria Jesús Panguilef (36) a la heladería en la que ella trabajaba. Cuando se casaron Andrés estuvo ahí, también en el primer cumpleaños de Katrina (12), la primera hija del matrimonio. Siempre era el invitado infaltable en las vacaciones de invierno y en las de verano. Los amigos crecieron juntos.

Todo cambió en el 2012. La pareja alquilaba un pequeño departamento pero cada noche convertía un sillón en cama para que su visita se sienta “como en casa” durante el receso de invierno. Una gran alerta por la gripe A extendió el receso y también la estadía de Andrés en la casa de la familia solidaria.

Poco después celebraron que él nunca se fue. Es que por su edad, iban a trasladar a su amigo a un hogar de ancianos y ellos decidieron adoptarlo.

Regalo de reyes

Andrés siempre dice que lo trajeron los Reyes Magos. Nació un lunes 5 de enero en El Cuy. A los dos años llegó a Roca con su papá, quien complicado por la difícil vida de campo, decidió darlo en adopción a él y a su hermano, que una familia llevó poco después. En cambio para Andrés su salida de los institutos de Promoción Familiar se demoró 36 años.

“Me fue ganando el cariño. Conocí a todos los chicos del hogar, pero los otros iban saliendo y él siempre quedaba. A los 15 años lo acompañé a la escuela Especial 1, ahí nació el vínculo”, recordó Ariel.

“Fue algo que llegó solo, se fue dando, el perteneció a la familia desde siempre”, agregó María Jesús.

La ley de adopción establece que entre los padres adoptivos y el adoptado tiene que haber una diferencia de 18 años. En el momento en que se planteó la intención de adoptarlo, el abogado de la pareja planteó que prevalezca la edad mental, no la cronológica.

El proceso de adopción se extendió dos años, pero se aceleró sobre el final, cuando Andrés cayó gravemente enfermo.

“Hizo un paro respiratorio, ingresó a terapia intensiva y pasó allí un mes. Le diagnosticaron una miastenia grave, pero mucho después, al principio no sabían que tenía. En la obra social no me lo querían aceptar porque no teníamos un lazo sanguíneo ni era mi hijo legalmente. Yo quería buscar otra opinión, trasladarlo a otra clínica porque no encontraban cuál era el diagnóstico, fue muy dificil”, comentó Ariel.

La adopción finalmente quedó asentada en un fallo en el 2014. Fue cuando el juez de familia Víctor Ulises Camperi ponderó que “existió una integración familiar previa” y si bien reconoció que existe una diferencia de edad, hizo una excepción al artículo 312 del Código Civil por tratarse de la adopción de una persona que “tiene una gran disminución en su edad biológica”.

“Él no conoce de maldad ni de envidia. Tiene demasiadas virtudes para ser una persona”. Ariel Antinari, papá de Andrés.

Poco después, por la particularidad del caso, recibieron de manos del gobernador Alberto Weretilneck la nueva partida de nacimiento de Andrés que lleva el apellido Antinari. El municipio de Roca los nombró como ejemplo de familia de amor y solidaridad.

Empuje

Una radio y algo de ropa fue lo que trajo Andrés. El Estado le dio una cama y un colchón, lo demás fue esfuerzo de los padres.

En medio, la pareja fue una de las familias estafadas en las viviendas de House Vial, pero siguieron dando batalla. Obtuvieron una casa en uno de los planes de viviendas y allí viven mejor. En cuanto pudieron la ampliaron para que Andrés tenga su propia habitación con baño. “Le pintamos las paredes de boca”, contaron.

María Jesús es empleada doméstica y Ariel no tiene un trabajo fijo hace tiempo. Es chofer y técnico de fútbol integrado en la Fundación Confluencia Patagónica de la Salud (Fundas). Llevó al equipo -que integra su hijo- a jugar a canchas de la zona y hasta a Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Para llegar a fin de mes también preparan milanesas para vender.

Hace poco menos de dos años son cinco.

“Me detectaron el Virus del Papiloma Humano, fue después del nacimiento de Katrina, y me sacaron todo el cuello. Hacía 8 años que estábamos en el registro esperando”, contó María Jesús. Esta vez sí, un llamado telefónico dio la gran noticia: una nena los esperaba en el hogar. Fueron en taxi los cuatro a buscar a Ema (1), y el amor de la familia solidaria se multiplicó.

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