“Necesito confiar en que se hará justicia” dijo la hija de Evangelina Cayuleo

Por Laura Karina Martinez,

Hija de Evangelina Inocencia Cayuleo, asesinada el 5 de junio por un policía. 

Mi mamá, se llamaba, Evangelina Inocencia Cayuleo, tenía 65 años, era pequeña, no media más de 1,55 mts, y fue asesinada el martes 5 de junio, hace más de dos semanas. De acuerdo a su acta de defunción falleció a las 23, al momento que yo llegaba afuera de su casa.

No tengo muchas palabras para expresar el dolor, la angustia, la impotencia y el miedo que todo esto me genera, porque no puedo expresarlo en palabras, creo que nadie sabría cómo hacerlo.

Ese martes, mi mamá no pudo defenderse, no pudo. El asesino, entró a patadas a su casa, quizás ella abrió su ventana, no sé, jamás habría su puerta a nadie, era desconfiada, y estaba solita, derribó su puerta, y en el pasillo de su casa, la asesinó. No puedo precisar la cantidad de tiros de su arma reglamentaria, su vecino asesino, es policía, en ese momento, en actividad, por lo tanto debo suponer que no estaba ni loco, ni enfermo, ni tenía sus facultades mentales alteradas, ni nada parecido, de lo contrario no debería haber estado en servicio, ni portando un arma. Es un asesino, sin más.

No quiero generalizar, porque llenarme de odio y resentimiento no me la devolverá jamás.

Hasta lo que sé, es que tenía tres disparos en sus piernas, y un disparo en el tórax, que la atravesó y fue lo que le produjo su muerte.

Cuando recién pude verla, fue adentro de un cajón, el día jueves 7, a las 9 de la mañana. Su carita estaba golpeada, su ojito derecho estaba casi hundido y morado, sus manitos frías, con su dedo medio de la mano izquierda destruido. Lo sé porque le dejé una cartita entre sus deditos.

El asesino me la destruyó. Además de todo esto, desde ese martes a la noche, la velamos afuera de su casa, llorando porque ella permaneció allí, tirada en ese pasillo frío, porque debíamos esperar, para que todos pudieran hacer su trabajo, y “el asesino quede preso”.

Fue lo me dijo una mujer policía que estaba allí. Que en la mañana del miércoles 6, aproximadamente a las 11 la sacaron envuelta en una bolsa y la subieron a una camioneta, rumbo a la morgue me dijeron, le tenían que hacer autopsia, que a las dos de la tarde fui a buscarla, y no estaba lista, que a las cuatro pude tener el acta de entrega de cadáveres, que ya no había horario de entierro, que tuvo que pasar esa noche sola, y sin nadie en la morgue, y que recién el jueves 7, como dije, pude verla, destruida, fría, lastimada, solita, y asesinada.

Era empleada doméstica, toda una vida de trabajo, en fábricas, en casas, ella salía y volvía a su casa, vendía productos, a las 7 de la tarde ya cerraba sus ventanas, y nunca contaba sus cosas, a nadie, era reservada, quizás porque era de esas mujeres de antes, pero una gran mujer, trabajadora, honrada. Y era mi mamá, como la mamá de muchos, era mi mamá.

El asesino, se llama Basilio Huenumilla, no hay otro adjetivo, más que asesino, pero si los hay ,y muchos adjetivos más. Cruel, y con un odio atroz, incomprensible, la asesinó, no entra en mi racionalidad ese desprecio tan grande a la vida. Nadie, nadie tiene ningún derecho a quitarle la vida al otro.

Brote psicótico, dicen, odio desmedido, alevosía, ¿no le agradaba mi mama? No sé. Digo yo, si ella no hubiera estado solita, si ella no hubiera sido mujer, ¿por que no? ¿Pensar en todo, porque revolvió toda su casa? Porque rompió puerta, placard, televisor, heladera, en fin, tuvo ese tiempo, lo cual no creo halla olvidado.

De mi parte, siento que he estado esperando un milagro, durante todos estos días, me acosté pensando que nada de esto había pasado, y que al otro día despertaría, y ella iba a estar, en su casa, regando sus plantas, pero no es así, el mundo sigue su curso.

Este odio desmedido, esta brutalidad, esta sin razón, me hace afirmar, que nada vale la vida del otro para este asesino, que tenía permiso para usar el arma, pero para defender, para cuidar, no para lastimar de esa manera, que el debía ser el que debía proteger al otro, a mi mamá y a cualquiera, que se suponía que estaba preparado para eso, que alguien, además de él, también hoy es responsable.

Hoy siento que me senté a esperar justicia, quiero creer en el fiscal, que me dijo que hará lo máximo posible para que esto no quede impune, y le creo, confío, mi mama me enseñó a no odiar, cuesta mucho, lo se desde ese martes a la noche.

Que rezo mucho por ella, que debe descansar en paz, pero no era su momento de partir, que espero que el asesino pague, para poder creer nuevamente y para poder enseñarle a mis hijas que la abuela Evangelina, se fue, que la mataron, pero ese asesino que la mató, no quedará libre, y que toda la Policía no lo representa, porque necesito confiar y tener fe, que se hará justicia.

Ahora, con mucho dolor, sÓlo espero Justicia , al igual que toda mi familia también la espera. Ella no estaba sola.

“Tenía permiso para usar el arma, pero para defender, para cuidar, no para lastimar. Debía proteger al otro, a mi mamá y a cualquiera”.

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