Editorial: marchas, pintadas y rebeldías efímeras

Tan profundo caló la lógica binaria con la que vivimos desde hace más de 15 años, que en Roca parece haberse perdido la capacidad de analizar objetivamente si un reclamo justo puede llevarse a cabo con un método equivocado.

Esa permanente línea divisoria entre amigos y enemigos neutralizó durante los últimos días cualquier intento por reflexionar en forma desapasionada sobre la movilización por el Día de la Mujer y las pintadas en la Catedral y en decenas de paredes públicas y privadas roquenses.

Una sociedad está en problemas cuando la mayoría de las expresiones que se leen o escuchan sobre un episodio de este tipo intentan anular al que piensa diferente, basando ese destierro en las raíces políticas o religiosas del “adversario”.

Y más grave es el problema si además de esos descalificados hay otra porción importante de la comunidad que se autocensura, para evitar que lo encasillen antojadizamente entre los que “mienten” y los que dicen “la verdad”.

Esa reacción rápida y liviana -alentada por la comodidad que otorga opinar frente a la pantalla de la computadora o del móvil- impidió a muchos roquenses detenerse en varias cosas importantes:

Rechazar las pintadas no convierte a nadie automáticamente en defensor de la Iglesia, y mucho menos de sus representantes.

Rechazar las pintadas no significa equiparar ese ataque con los asesinatos de mujeres.

Repetir la frase “les molesta una pintada, cuando matan a una mujer cada 30 horas” es aportar a la distorsión del debate público.

Importan mucho más las víctimas de violencia de género. Las políticas de prevención y contención tienen que formar parte de la agenda prioritaria de los gobiernos. No son hechos equiparables en absoluto a una pintada.

Pero ninguna de todas esas reivindicaciones representa un cheque en blanco para que los reclamos se realicen desde la violencia.

Una ciudad con ambiente más tolerante no tendría tantos inconvenientes para detectar que se puede estar al mismo tiempo en contra de la violencia contra la mujer y de las pintadas, ubicando cada tema en escalones diferentes por su nivel de importancia.

Además, en la misma metodología elegida por los grupos que se instalaron sobre las escalinatas de la Catedral está la contradicción con el supuesto objetivo que buscaban.

La opinión pública roquense habló durante toda una semana sobre aerosoles, fuego, discusiones y trompadas, dejando en un segundo plano lo que no puede dejar de abordarse ni un solo día: cómo hacemos para que la violencia machista no siga cobrándose vidas.

La rebeldía tiene un precio mucho más alto cuando surge con creatividad, incomodando con inteligencia a aquellos que tienen cuentas pendientes.

Salir a las calles con agresividad, mantenerse en la trinchera ideológica y exigir derechos sin respetar a los que piensan distinto no parece una fórmula exitosa para promover cambios positivos.

  • Repetir la frase “les molesta una pintada, cuando matan a una mujer cada 30 horas” es aportar a la distorsión del debate público.

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