La solidaridad se reparte en carretilla

La pandemia de coronavirus dejó al descubierto la precariedad y la suma de necesidades que sufren los sectores más castigados de la sociedad. Roca no es ajena a esta situación, que se replica en todo el país.

Los casos positivos de covid-19 continúan en aumento y de la misma forma se multiplican la falta de trabajo y las carencias en los sectores más vulnerables de la ciudad. Al norte, luego de atravesar el puente, a unas pocas cuadras se puede apreciar la cruda realidad.

A metros del asfalto, en un sector donde las casillas precarias se multiplicaron en los últimos meses, en su pequeño hogar una familia ofrece todo lo que tiene a su alcance para brindar un plato de comida a quienes más lo necesitan.

El espíritu solidario se manifiesta en los que menos tienen. Todos los días Jimena y su marido Juan elaboran viandas que reparten en el barrio Fiske Menuco. El reparto se hace en carretilla para poder llegar a los lugares más alejados, cuando la oscuridad gana terreno y el frío se hace sentir. Toda la familia está comprometida con la iniciativa solidaria. Tiziano y Laureano, acompañados por Uma, la hija menor de 7 años, se encargan de acomodar la olla o las bandejas en la carretilla. Está recubierta con cartones para mantener la comida caliente.

La carretilla sale a recorrer el barrio, ni la oscuridad ni el frío los frena.

“Suben la loma para llegar hasta los vecinos que están más lejos y no pueden venir a buscar la comida hasta acá”, explicó Jimena Farías.

En el ambiente familiar se respira calidez y surge un espíritu solidario a pesar de las dificultades. “Esto lo hacemos para que la gente del barrio se acueste con un plato de comida y no pase hambre. Empezamos a cocinar en una olla chica y el primer día nos patinábamos con el barro cuando llevamos en la carretilla la olla y las bandejas, pero ver a los nenes que se van con su plato de comida a la casa es algo muy lindo para nosotros”, señaló.

“Bajan de las lomas y vienen a casa por un plato de comida para no irse a dormir sin comer. Al resto se lo llevamos en carretilla”.

Jimena Farías, cocinera para los que más necesitan

“Hace casi cinco años que estamos en el barrio. Vivíamos en una casilla de madera y esto lo terminamos este año como pudimos”, agregó Juan.

La cocina casi que no da abasto para calentar las ollas donde se hacen los fideos con tuco, el guiso con pollo o lentejas, depende el menú del día. Cuando cae la noche los vecinos llegan a buscar la comida.

“Bajan de las lomas y vienen a casa por un plato de comida caliente para no irse a dormir sin comer”, contó Jimena Farías, mientras remueve los fideos con un palo de escoba, que hace las veces de cuchara de madera.

En invierno una garrafa tiene para un mes de uso en una familia. Pero ahora la situación es diferente: cada vez rinde menos. El gas natural está lejos de llegar a las casas y es muy costosa su instalación. “Los pocos ahorros que teníamos eran para terminar el techo de la casa y se fueron en esto que estamos haciendo”, afirmó.

Las bajas temperaturas, la lluvia, el barro y el virus tampoco frenan las ganas de ayudar. “Entre mis hermanas, primas y otras personas que colaboran me trajeron mercadería, papas, carne, pollo y zapallo. También una panadería nos da el pan y la mayoría son donaciones familiares. Empezamos con siete familias, con el correr de los días se fueron sumando más y ahora tenemos más de cien personas que reciben la comida. Hay mucha demanda”, explicaron Jimena y Juan, que trabaja en la construcción.

Ya superaron el centenar de platos que les entregan a los vecinos más necesitados.

En varias ocasiones los alimentos no alcanzan para semejante demanda, entonces hay que recurrir al bolsillo y comprar lo que hace falta para cocinar. “Al principio el pan lo compramos nosotros para darles unas rodajas junto con la comida, ahora por suerte la Panadería La Baguette nos brinda el pan para las viandas”, dijo Juan.

“Hay mucha necesidad en el barrio y ver a la gente que se va con un plato de comida te llena el corazón. Uno la pasó y no me gusta que los demás la pasen, porque tener hambre es horrible y más cuando hay chicos. Un mayor se puede arreglar, pero con los nenes cómo haces para que entiendan que no tenés un pedacito de pan o algo para darles de comer”, se preguntó Jimena.

La carretilla llega a varias casas en el recorrido casi a oscuras, golpeando las manos y con los ladridos de los perros los vecinos saben que la comida está lista. Un cucharón y medio aproximadamente es la medida que se calcula para cada persona. “La estaba pasando mal, por suerte ahora estoy trabajando y esto es un ayuda importante para nosotros”, comentó un vecino que hace seis meses que habita en una casilla en el sector más alto del barrio.

Después de repartir las viandas y de cumplir el objetivo cada noche, Jimena y su familia se preparan para compartir la cena. Con la satisfacción de la misión cumplida, comienzan a pensar en lo que van a cocinar al día siguiente.

Toda la familia trabaja en la elaboración de la comida que luego entregan a los vecinos.

Se quedó sin trabajo, pero sigue adelante

Jimena tiene 34 años, es cocinera voluntaria en el comedor La Poderosa. Colabora cuando puede en los ratos libres. Desde la semana pasada es una desocupada más en el barrio. La persona mayor a la que cuidaba falleció y se quedó sin trabajo. “Contaba con la plata de un mes más para comprarme una heladera o un freezer, pero bueno Dios me proveerá de otro trabajo”, contó confiando en que llegará una nueva oportunidad laboral.

El panorama se complicó aún más cuando la heladera de la casa dejó de funcionar. Para salir del paso tuvieron que pedirle a los vecinos un lugar en su heladera para conservar los alimentos. “La heladera es vieja se nos rompió y ahora no tenemos el dinero para arreglarla”, explicó Jimena.

Las buenas acciones también llegan y gracias a la gestión de un colaborador les acercaron dos garrafas hace pocos días para seguir cocinando.

Listos para salir al reparto de las viandas.