Inundados por la crecida del río en la Isla 32

Carlos Castillo/carloscastillo@rionegro.com.ar

Unas 25 familias resisten ante el agua que llegó cerca de sus viviendas. Viven desde hace décadas en el lugar y piden por relleno, gas y agua potable.

Son las 12 del mediodía y la temperatura no supera los dos grados centígrados. El sol no apareció y el frío penetra hasta los huesos. Dos niños juegan en el patio trasero, desafiando la helada y tirando piedras al agua que llega a pocos metros de su casa de maderas.
La postal es devastadora para los cerca de 25 familias que viven a lo largo de la calle rural Huchulafquen, entre Mosconi y La Rivera. Cubiertos por el agua se ven una camioneta, algunos pequeños galpones donde la gente guarda leña, sillas, mesas y algunos baños externos.
Los terrenos de estos vecinos están delimitados por la calle rural y el límite de lo que parece una laguna, pero en realidad es un pequeño brazo del río Negro que suele estar estancado por el cierre de compuertas a la altura del Parque Bíblico.
“Todo esto se inundó porque la crecida del río pasó por arriba de la compuerta y en Apycar está cerrado. El agua vuelve para atrás y genera el desborde llegando casi hasta las viviendas”, explica uno de los vecinos del lugar.
La situación de la mayoría de estas familias es límite, pero ¿por qué fueron a vivir tan cerca de esa laguna? Los consultados argumentan varias razones, pero la mayoría coincide en que nunca tuvieron posibilidades de acceder a un terreno y la cercanía con otros familiares los hizo quedarse en la zona.

Una casa partida
La única forma de dar con alguien en este pequeño barrio es a través de los números de casas. “Yo vivo en la casa N°6”, dice Fabiana Andrea de Calderón, al tiempo que muestra el desastre que hizo el aumento del nivel del agua en el patio de su casa. “Todo se arruinó. Tenemos un galponcito donde guardábamos algunas cosas, pero quedó bajo agua. Lo que necesitaríamos es que el municipio nos mande camionadas con escombros o tierra para rellenar”, pide la mujer.
La vida de Fabiana ha sido muy dura. Perdió una hija y tiene otro hijo que podría quedar ciego luego de un corte en la cara. Cría a dos nietos y la diabetes que padece cada vez la deja hacer menos cosas. “A eso se suma que mi casa se está partiendo porque el agua llegó muy cerca”, lamenta casi a punto de llorar. Vive de la venta de tortas fritas y viandas en las obras de construcción.

Esperando un bebé
A pocos metros de su casa vive una de sus hijas, Daiana Linares, quien está a punto de tener a su cuarto hijo. Apenas nos ve en la calle, golpeando las manos, nos invita a pasar por el intenso frío. Su casa es muy pequeña, de cantoneras, donde una estufa de gran tamaño brinda un calor reconfortante. Nos cuenta que el papá del bebé falleció en un accidente. “Nos mantenemos por el salario de los chicos y la mensualidad del papá de mis otros hijos. No teníamos donde ir y uno de mis hermanos tenía este lugar. El nos cedió una parte y construimos esta pieza de maderas”, relata.
Sus pequeños hijos suelen jugar en el patio, pero no pueden llegar más allá del límite de la vivienda. El río, que por sectores parece un pantano, se muestra peligroso, profundo, negro en determinados lugares – tal vez por los desechos cloacales- y verde en otros, como sembrada de césped. Ese verde se debe a las pequeñas raíces que logran llegar a la superficie y mostrar pequeñas hojas que engañan la visual, sobre todo la de los más pequeños.
“Ellos ya saben que es peligrosa”, dice la madre.
Consultada sobre qué necesita con mayor urgencia, dice que ropa de abrigo y calzado para sus hijos de 4, 7 y 10 años, además de la bebé que tendrá dentro de poco. En el interior de su vivienda sólo hay dos sillas, una mesa y las camas.
El calor seco de la estufa a leña le da batalla a la humedad que ingresa por el piso de tierra, aunque la falta de leña hace que en la mayor parte del invierno gane la humedad.
La mujer destaca que para comprar la garrafa de la cocina, el “garrafero” pasa por las casas, vendiendo más barato que en los comercios. “El nos deja a $240 y en el barrio la venden a 280 y hasta 340 pesos”, dice.

Piden la red de gas
Claudio Díaz tiene 38 años y vive en el lugar desde los ocho años.
Su casa está al lado del puente que conecta Mosconi con la Isla 32. Un débil cerco de varillas, atadas con alambre, es la única protección para que sus niños no caigan a la laguna.
“Yo nací en Aguada Guzman y de chico me trajeron a Mosconi. A los 18 compré un adelanto acá. En ese entonces no existía el puente, sólo había una pasarela”, cuenta. Claudio trabaja en las chacras cercanas o corta leña para vender. En verano vende pizzetas y tortas fritas a quienes llegan al río a recrearse.
Dice que las casas cuentan con energía eléctrica, pero no tienen agua potable. El, igual que todos obtiene agua de una perforación, a nueve metros de profundidad.
“Ahora estamos tratando, con otros vecinos, de pedir que nos acerquen la red de gas porque cada vez es más difícil conseguir leña”, afirma.

Un “golondrina” en la laguna
Algunos abuelos y abuelas viven desde hace décadas a orillas de la laguna. Uno de ellos es Don Miguel Angel Medina, de 73 años.
“Yo vine hace muchos años como trabajador golondrina, desde Tucumán y en una de esos viajes me quede y forme una familia, pero hace algunos años se murió mi esposa”, cuenta desde una pequeña ventana de la casa de maderas. “El agua ya llegó hasta la casa y la humedad hace doler los huesos, pero no nos queda otra que aguantar”, manifiesta el hombre, que al igual que todos dice que parte de la solución es rellenar con escombros el patio que da al brazo del río.

Dato: 25 familias aproximadamente son las que viven a orillas de la laguna, entre barrio Mosconi y La Rivera.

Queremos que el municipio o la provincia nos ayuden con la red de gas para el barrio”. Claudio Díaz, vecino.

 

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