Falleció la dueña de la tienda “Iberoamericana” y así la recordamos

Roca fue testigo, por 100 años, de la labor de quienes abrieron al público el almacén de ramos generales conocido como “La Iberoamericana”.

La dueña de ese inmenso salón Casilda Leonor Angulo Martínez falleció esta semana, pero su memoria revive la nostalgia de años de trabajo y cariño por la ciudad.

97 años tenía esta emprendedora mujer, quien supo ser el rostro siempre lúcido y atento detrás de la caja del emblemático negocio.

Con las persianas bajas permanece hoy el local, en la esquina de 9 de Julio e Italia.

En 2017 dedicó varias horas a dialogar con “Río Negro”, compartiendo su experiencia, sus recuerdos y relatando los cambios que vio en la localidad en todo este tiempo.

Criada en el negocio familiar, Casilda fue la última dueña, hasta que “la Ibero” cerró sus puertas, en 2014.

Tras la muerte de su padre, se dedicó de lleno al comercio, luego de años como docente en la Escuela N°133 “Parques Nacionales”, donde fue distinguida en julio de 1970 por sus Bodas de Plata frente al aula.

La tienda, amueblada con estantes de madera del piso al techo, fue bautizada “en homenaje al pueblo de los iberos, los primeros habitantes de la península ibérica y también América por Argentina, porque para los europeos, Argentina era América”, recordó ella.

El edificio histórico fue reconocido junto a otros tantos, con una placa en 2004, por la Comisión roquense de Estudios Históricos.

Casilda detrás de la caja en la “Iberoamericana”. Foto: Archivo.

 

Hasta allí llegaban vecinos de la zona urbana y rural a comprar desde fideos y golosinas, hasta ropa, herramientas para la chacra y alimento para los animales.

Se caracterizaban por usar la “libretita de fiado”, donde se registraban las deudas que los lugareños saldaban después de sus cosechas. Si eran buenas podían costearlas, pero si eran épocas de “malaria” podían sostenerlas hasta la cosecha siguiente.

Las anécdotas de varias generaciones

Juan Carlos Ponce tiene hoy 58 años, pero recuerda con nitidez las visitas que hacía con su madre en sulky, desde la chacra hasta la “Iberoamericana”, cuando apenas era un niño.

“Hola Sarita”, le decía Casilda a esa señora, hija de alemanes, que llegaba con bolsas de lienzo cargadas de verdura de la huerta, para hacer trueque por otra mercadería, allá por la década del ‘60.

“Yo me bajaba e iba derecho a la caramelera, que era un frasco largo con caramelos redondos”, dice Juan Carlos. Casilda “se acercaba con las manos escondidas detrás de la espalda y me pedía un beso, cuando yo se lo daba, sacaba el caramelo que guardaba y me lo regalaba. Después me levantaba y me sentaba en el mostrador. Era muy humana”, relata con nostalgia.

“Con el paso de los años, en 2013 volví con mi familia y el lugar todavía tenía el mismo perfume, me hizo volver en el tiempo… me emocioné de sentir ese pasado de tantos años de trabajo. Ella vivió una buena vida y ahora está descansando”, manifestó.

Entre los valores de Casilda, destacó su honestidad. “Antes la verdura había que guardarla envuelta en bolsas de lienzo mojado, para que se mantuviera fresca, pero eso le sumaba por lo menos 800 gramos de peso a la carga que había que calcular. Mi mamá siempre le decía que lo descuente de la paga, pero ella nunca quiso, porque reconocía el esfuerzo que hacíamos”, relató.

Por la trayectoria de la tienda, fue reconocida por varios medios de comunicación.

 

Sus recuerdos como vecina de Roca

Nacida y criada en Roca, Casilda era descendiente de españoles y recordó con picardía y humor los hechos y los lugares más importantes de la ciudad.

Su padre llegó a Roca cuando todo “era una aldea”, en 1914. “Venían para encontrar paz y trabajo. Europa estaba muy fraccionada por el tema de las herencias”, explicó Casilda.

“Yo me acuerdo de cuando tenía 6 años, fui por primera vez a la escuela, al Colegio María Auxiliadora, con mi mamá. Las veredas eran angostas y de ladrillo en aquel entonces”, contó.

“En los primeros años del siglo pasado”, evocó, “se usaban vestidos muselina en verano para salir a pasear, con sus cuellos de almidón, de hilo, con telas de algodón, lisas y estampadas, todas lavables. Había muchas confeccionistas, modistas y los varones iban de riguroso traje, camisa y corbata”.

De las calles y de los lugares, relató: “Donde hoy está el Banco Nación (Tucumán y Sarmiento), había un enorme medanal. También había medanales en la Plaza Belgrano”. El panorama afectaba a toda la ciudad. “La gente caminaba de espaldas por el viento”, se río.

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