Entrar a otro tiempo: así es una de las casas más antiguas de Roca

Aseguran que fue construida hace unos cien años por un alemán de apellido Podlesch. De la nada, logró tener uno de los viñedos más grandes de la zona. A pesar de sus años, está muy bien conservada por la familia Spitzmaul.

La actual calle Lisandro de la Torre, a la altura de Stefenelli, era la única arteria que unía a todos los pueblos del Alto Valle. En nuestro caso, unía Roca con Cervantes. Sobre la llamada ruta chica se levantaban grandes emprendimientos productivos y el de Don Carlos Podlesch era uno de ellos con 57 hectáreas de viñedos.

A pocos metros del canal principal de riego se levantaba la casa que él mismo construyó y que se mantiene como si hubiera sido construida hace pocas décadas. Allí vive Eduardo Sptizmaul, su esposa Graciela Torres, su hija Brenda y la mamá de Eduardo Olga Inostroza.

Foto: Emiliana Cantera

“Nosotros compramos la casa a mi tío Ernesto Sptizmaul quien vive en Zapala. El me pidió que tratara de conservar el lugar y la historia familiar, así que hicimos pocas modificaciones. Es más hay lugares de la casa que aún se conservan desde los años en que vivió el dueño, Don Carlos Podlesch”, dice Eduardo que nos abre las altas puertas de su casa.

El primer ingreso es a una galería donde descansan sillones de madera antigua con el piso original. Atravesar la gran puerta de ingreso es ingresar a otro tiempo: sillas, mesas, muebles de madera finamente trabajadas y lustradas con vidrios biselados.

Foto: Emiliana Cantera

El “cuarto de baño”, como se lo llamaba antiguamente fue de gran sorpresa para nuestros ojos del siglo XXI. Primero por lo amplio y segundo por el mobiliario con muchos espejos, aunque lo que más nos llamó la atención fue el bidet: una especie de gran fuentón de porcelana donde uno puede casi recostarse. Según revistas especializadas, se trata de un “baño de asiento o de caderas” de porcelana.

Foto: Emiliana Cantera

Fueron muy utilizados hacia fines del siglo XIX y principios del XX como un elemento distintivo en los baños rústicos de las casas nobles.

La recorrida por la casa parece interminable: muchas puertas, habitaciones altas, pisos con madera de pinotea y los muebles grandes, de lustrosa madera, que muestran la categoría de un alto nivel de vida de quienes fueron sus dueños.

El techo está a unos cinco metros de altura con paredes revocadas que serían la envidia de cualquier empresa constructora. A pesar de los pocos avances tecnológicos de la época, el revoque nunca se ha tocado y hasta la pintura de uno de los salones permanece intacto, de un marrón claro con pequeña manchas, parecidas a las de un leopardo.

“Nuestra habitación es uno de los lugares que tampoco hemos tocado. Las paredes están igual que hace décadas, el piso de maderas permanece igual y hasta el radiador, de hierro fundido, de la caldera está en el mismo lugar”, muestra Graciela al tiempo que señala el gran ropero antiguo.

Foto: Emiliana Cantera

La habitación de su hija Brenda, es uno de los espacios que ha sido modernizado con muebles actuales y pintura de vivos colores, aunque al ser la única hija, suele cambiar de habitaciones cada vez que sus amigas la visitan durante un fin de semana.

“A veces se van a dormir arriba, donde hay más camas y ya está pensando en una modificar un espacio para tenerlo como habitación de verano”, ríen.

Un lugar secreto

Luego de pasar por espacios remodelados y otros que conservan intactos su estilo antiguo, Eduardo nos conduce a lo que parece, a ojos nuestros, un pasaje secreto. Detrás de la última puerta, el dueño de casa comienza a bajar escaleras para llevarnos al sótano. Un lugar frío repleto de estanterías con frascos y elementos como prensas y balanzas antiguas de dos platos.

Foto: Emiliana Cantera

“En Alemania se estila mucho el construir sótanos. Algunos creen que es porque vivieron en guerra muchos años, pero en realidad tiene un doble efecto. Primero porque el aire que ingresa por acá abajo, recorre toda la casa, ya que está todo conectado por el subsuelo. Eso hace que la casa no sea tan fría y por otro lado este espacio es ideal para la conserva de los alimentos. Hay que tener en cuenta que antes no existían heladeras”, explica Eduardo.

En ese sótano se guardaba carne, frutas, dulces, conservas. “Era la despensa de la familia”, dice Eduardo dando fin al recorrido por el tiempo.

La casa es tan grande que a las amigas de mi hija les gusta jugar a las escondidas por las habitaciones” Graciela Torres. dueña de casa

Hemos mejorado algunos espacios, pero la mayor parte de la casa conserva la historia de hace casi 100 años” Eduardo Spitzmaul actual dueño de la casona

Podlesch tenía una preparación prusiana

“Gran parte de mi infancia la pasé en la casa de Don Carlos Podlesch y de Teresa Spitzmaul. Ellos no tuvieron hijos y los sobrinos fuimos como hijos postizos. Don Carlos fue una persona muy importante en la sociedad desde la década del 30 en adelante. Vestía de traje con chaleco, de donde colgaba una cadena que sostenía un reloj. A su casa solían ir personalidades del pueblo. Incluso recuerdo haber visto a Don Fernando Rajneri, fundador del diario Río Negro, visitando a la familia de mi tía Teresa”.

El que recuerda se llama Ernesto Spitzmaul. Tiene 75 años y es bioquímico en la ciudad de Zapala. Ernesto es hijo de Otto Spitmaul un campesino que se desempeñó como capataz en los viñedos que Carlos Podlesch tenía en la zona rural norte de Stefenelli.

Ernesto cuenta que su tía Teresa fue quien hizo traer a sus hermanos de Alemania, Otto y Federico, quienes habían estado en los campos de concentración a manos de los franceses, durante la primera guerra mundial.

Otto tuvo tres varones y dos mujeres. “Mis hermanos y yo vivimos en distintas casas, donde fuimos como adoptados. En mi caso fue Teresa quien nos crió como a sus propios hijos. Incluso yo tenía una habitación en la casa grande”, recuerda Ernesto.

“Sería importante destacar que Don Carlos fue un buen hombre, muy solidario, pero que nunca quiso que se lo nombrara por sus acciones benéficas. El siempre daba, pero en forma anónima”, destaca Ernesto.

“Podlesch había estado en la academía militar donde los soldados recibían una instrucción prusiana, de donde salían muy bien preparados en todo sentido. Y la construcción de la casa es un ejemplo de ello. Sin tecnología pudo construir una casa que se conserva intacta hasta la fecha”, resalta Spitzmaul.

De las 57 hectáreas que tenía la familia alemana, 45 fueron destinadas para viña, pero en el lugar también se plantaba membrillo y se contaba con un pequeño galpón de empaque. “Todo lo que se producía se enviaba a distintos lugares de Argentina en tren”, cuenta.

Respecto a su muerte, dice que fue por tuberculosis. “Fue en 1952. Recuerdo que lo llevaron en una carroza de lujo tirada por caballos”.

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