Conocé al «Negro» Infante, el hombre que marcó la cancha durante décadas

Difícil que el Carlos “Negro” Infante no esté sonriendo.
Como si fuera un ritual, llega al club cada día alrededor de las 15, y con una tijera de podar empareja arbustos, después planta flores, riega. Y se ríe; siempre. Además de los implementos de jardinería, en la camioneta lleva su raqueta, y las de aquellos que se la dejaron la tarde anterior para que él le ponga nuevas cuerdas.

El “Negro” Infante se convirtió en un experto del tenis. Y no sólo por el encordado. Aunque a sus 69 años ya esté retirado, y se queje de algunos dolores de rodilla, el hombre es el verdadero rey de la cancha.
Nació en Cinco Saltos, en una chacra y rodeado de muchos hermanos (suman once en total).

Pero a los 25 cambió de rumbo. “Me dije: tengo que aprender otra cosa”, cuenta.

Con su esposa, decidió probar suerte en Roca, y en la construcción. Le gustó el asunto. Pero después de 6 años, “un día, Jorge Aguirre me ofreció emparejar unos campos con tractores. El se fue de vacaciones y cuando volvió yo ya había terminado el trabajo. Me quedó mirando: ¿Quién hizo esto?, me preguntó. Estaba todo tan parejito que le sorprendió. ‘Ah no -me dice-, vos me tenés que levantar las canchas del club´. Yo no tenía idea de lo que me hablaba”, se ríe, franco.


En esa época, recuerda Infante, no había muchas forma de aprender a hacer una cancha de tenis. Pero Vilas había convertido ese deporte de elite en algo popular. Y ahí estaba el Negro, intentando hacer una cancha de tenis para que los roquenses despunten el vicio de las raquetas y pelotas. “Aguirre me llevó a recorrer las canchas que ya existían. Con la experiencia de la construcción saqué algunas conclusiones de las tres que ví. Pero no tenía a nadie que me explicara”.

Con mucho coraje y maña, hace 38 años, Infante hizo las 4 canchas del Tenis Park (que ya no existe). Y enseguida se transformó en el experto. Lo llamaron del Deportivo Roca, donde hizo seis más; lo llamaron del club Sol de Mayo, en Viedma, donde hizo otras seis; lo llamaron de La española, del club del Diario, de Las Lilas (donde hizo cinco), de Regina, de Cipolletti, del Club Independiente de Neuquén, de Villa La Angostura. Lo llamaron también muchos vecinos que querían su propia cancha en casa.

“Es lindo hacer algo que a uno le gusta”, sonríe el Negro, a la tarde, en La Lilas, mientras toma mate, después de jugar un partido.

Dice que nunca imaginó que el tenis iba a entrar en su vida. Pero en las canchas ganó a su mejor amigo, el profesor de tenis Carlos Bestvater, con el que además comparte la pasión por la pesca con mosca; ganó una vocación que lo acompaña hasta hoy, y ganó también diversión. Sin haber tomado clases jamás, Infante es el jugador más mañoso y ganador. Se ríe cuando a fuerza de muñeca logra que su pelota vaya ahí donde él esperaba.


El Negro no cambias sus rutinas, A las 15, inalterablemente, llega en su camioneta al club, sonriente. “Esta es mi segunda casa”, se ríe, feliz, en sus dominios.

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